Ya no me miras como antes…

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“¡Será posible! No quiero tomármelo como una traición, pero vaya; ni una mirada, ni un guiño… si es que ya apenas me mira. Como si le fuera carente de utilidad. Las yemas de sus dedos se centran en caminar por otros lugares, y parece que ello le reporta una respuesta más rápida que mi elegante y trabajada intimidad encuadernada en tapas duras. Bah, qué sabrá ese picapleitos”.

Un día más, se estremecían cada una de las miles de páginas del majestuoso compendio de leyes olvidado bajo un expediente antiguo del despacho cuando, el abogado, nada más sentarse en su escritorio tecleaba Aranzadi en su ordenador.

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La prisa del ejerciente

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No lo podía creer, debía darse prisa. Su confianza en que saliese bien iba medrando poco a poco. No llegaría a tiempo. Prefería la demanda más complicada, el peor caso, la alegación más complicada o el juez más severo, a una situación como esta. Corría por el pasillo, la corbata le atenazaba la garganta y comenzaba a sudar ligeramente bajo el traje oscuro. Los zapatos le estaban provocando una pequeña rozadura, pero no podía pararse.
Maldita sea – murmuró entre dientes al llegar. Siempre le ocurría, siempre llegaba tarde y las mejores togas del colegio ya estaban pilladas… Esperemos que ésta, casi a la altura de sus rodillas y de una fina tela de dudoso olor, lograse conquistar al Jurado.

Mi poesía tiene tu tacto

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El agua en tiempo muerto

como una sábana de seda estirada.

Abro los ojos y miro el cielo

y a mi alrededor me miran las montañas

que contemplan mi cuerpo flotando

como inerte en mitad del lago.

La calma.

Aunque nunca me hubiese perdido

no podría sentirme más hallada.

La ligera brisa emana de tu aliento

y recorre cálida mi desnudo

suave y sin secretos.

El tiempo no se ha detenido

pero nada importan más que este momento.

Y aunque totalmente a merced del agua

con la tranquilidad de las yemas de los dedos

tocando el líquido

sumergiendo en él los oídos

imbuidos por el canto de lo impredecible.

Lo inesperado

Lo perfecto.

Eso verías si preguntases por ti

a mi corazón abierto.

Frases motivacionales

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– Pues la verdad es que me parece una gilipollez, qué quieres que te diga. Claro que hay que levantarse todas las veces que uno se caiga, pero vamos, que no tiene que venir una estúpida frasecita pegada en una pared a decírmelo. Eso ya lo sé yo. Que la vida no es sencilla, pues ya ves si soy consciente. Y que no lo es para nadie, que no digo que yo me considere especial, vamos. Cada uno tendrá sus mierdas y sus problemas. Pero es que me imagino un montón de gente delante de un ordenador esperando que se les ocurran tonterías de estas para poner en un cartel, y me pongo malo. Que ellos también tendrán sus problemas, y al fin y al cabo es su trabajo y qué van a hacer. Pero no me convencen. ¿Tú te crees que quien haya escrito eso de verdad lo piensa? Quiero decir, que lo piensa, claro, todos pensamos que tenemos que levantarnos una y otra vez y echarle cojones a la vida. Eso es una cosa y otra tomar eso como un mantra que uno aplica en cada momento de su vida. ¡A tomar por culo! Hay que caerse porque la vida no te da opción y levantarse exactamente por el mismo motivo. Y maldecir a la vida y cagarse en todo y llorar como un niño chico y decir que la vida es un asco y que por qué tengo yo que vivir este asco de vida si no he hecho nada malo, joder. Y sí lo has hecho, todos lo hemos hecho, pero eso no quiere decir que te merezcas o no que te pasen cosas malas. Simplemente pasan. Pasan, te sobrepasan e incluso te matan. Ya ves. Y tenemos derecho a no querer levantarnos más porque uno se cansa y se siente que no merece la pena. Aún así te levantas, tú y yo bien lo sabemos. La vida siempre sigue adelante, por harto que uno esté de que pase el tiempo, no se detiene. Eso es lo que podrían poner en ese cartel en vez de esa frasecita del levantarse: “por mucho que quieras parar el tiempo, no se detiene”. O no poner nada, que bastante tenemos ya con estar aquí luchando cada día. Que pongan un puto cuadro, los girasoles de Van Gogh o algo.

– Vale, vale, no nos volveremos a sentar en esta mesa de la cafetería – contestó riéndose-, Don filósofo cabreado.

Ambos terminaron su café y subieron a su habitación en la planta cuarta del hospital.