Mi poesía tiene tu tacto

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El agua en tiempo muerto

como una sábana de seda estirada.

Abro los ojos y miro el cielo

y a mi alrededor me miran las montañas

que contemplan mi cuerpo flotando

como inerte en mitad del lago.

La calma.

Aunque nunca me hubiese perdido

no podría sentirme más hallada.

La ligera brisa emana de tu aliento

y recorre cálida mi desnudo

suave y sin secretos.

El tiempo no se ha detenido

pero nada importan más que este momento.

Y aunque totalmente a merced del agua

con la tranquilidad de las yemas de los dedos

tocando el líquido

sumergiendo en él los oídos

imbuidos por el canto de lo impredecible.

Lo inesperado

Lo perfecto.

Eso verías si preguntases por ti

a mi corazón abierto.

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Frases motivacionales

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– Pues la verdad es que me parece una gilipollez, qué quieres que te diga. Claro que hay que levantarse todas las veces que uno se caiga, pero vamos, que no tiene que venir una estúpida frasecita pegada en una pared a decírmelo. Eso ya lo sé yo. Que la vida no es sencilla, pues ya ves si soy consciente. Y que no lo es para nadie, que no digo que yo me considere especial, vamos. Cada uno tendrá sus mierdas y sus problemas. Pero es que me imagino un montón de gente delante de un ordenador esperando que se les ocurran tonterías de estas para poner en un cartel, y me pongo malo. Que ellos también tendrán sus problemas, y al fin y al cabo es su trabajo y qué van a hacer. Pero no me convencen. ¿Tú te crees que quien haya escrito eso de verdad lo piensa? Quiero decir, que lo piensa, claro, todos pensamos que tenemos que levantarnos una y otra vez y echarle cojones a la vida. Eso es una cosa y otra tomar eso como un mantra que uno aplica en cada momento de su vida. ¡A tomar por culo! Hay que caerse porque la vida no te da opción y levantarse exactamente por el mismo motivo. Y maldecir a la vida y cagarse en todo y llorar como un niño chico y decir que la vida es un asco y que por qué tengo yo que vivir este asco de vida si no he hecho nada malo, joder. Y sí lo has hecho, todos lo hemos hecho, pero eso no quiere decir que te merezcas o no que te pasen cosas malas. Simplemente pasan. Pasan, te sobrepasan e incluso te matan. Ya ves. Y tenemos derecho a no querer levantarnos más porque uno se cansa y se siente que no merece la pena. Aún así te levantas, tú y yo bien lo sabemos. La vida siempre sigue adelante, por harto que uno esté de que pase el tiempo, no se detiene. Eso es lo que podrían poner en ese cartel en vez de esa frasecita del levantarse: “por mucho que quieras parar el tiempo, no se detiene”. O no poner nada, que bastante tenemos ya con estar aquí luchando cada día. Que pongan un puto cuadro, los girasoles de Van Gogh o algo.

– Vale, vale, no nos volveremos a sentar en esta mesa de la cafetería – contestó riéndose-, Don filósofo cabreado.

Ambos terminaron su café y subieron a su habitación en la planta cuarta del hospital.

El jefe

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Las doce y media. Quince pasos. Lo que se tardaba en recorrer el pasillo. Como cada día. Abría la puerta y disfrutaba del comedor, limpio y vacío. No duraría mucho.

Se escuchaban voces y pisadas bajando por la escalera. Empezaban a llegar, lo saludaban y cogían un delantal de los que se colgaban detrás de la puerta de entrada. Le preguntaban dónde se ponían, qué tarea les asignaba hoy. Él sonreía, siempre. Era el encargado, el “jefe” como algunos le decían con cariño. Para nada, los jefes eran los comensales.

– Poneos donde más os guste, yo qué sé. Hoy es Navidad, así que tenemos polvorones, alguien se tiene que poner a repartirlos también.

Su momento favorito, cada día, era cuando empezaban a llegar los comensales. Él se dedicaba siempre a la tarea que nadie había elegido pero, si podía, se quedaba en la entrada. Era emocionante verlos entrar, el brillo en los ojos y algunas sonrisas. Él saludaba sonriente, a la mayoría los conocía: eran habituales. Hoy, incluso, les felicitaba la Navidad con ternura. Era un día especial. Ayudaba a los que estaban lesionados o por la edad les costaba recoger el menú y llevarlo a la mesa. Se lo hacía él. Es curioso cómo pasan los años para cada uno. Y no es que sus ochenta largos se sintiesen ligeros, pero siempre le quedaba una gota de energía más para este trabajo.

Los comensales se maravillaban con el menú. Unos más y otros menos, claro está. Él rellenaba las jarras de agua y repartía un poco de cava sin alcohol que habían traído para la ocasión, entre los que querían.

El ambiente era festivo, habían hecho un esfuerzo para ello. Y era sorprende la cantidad de gente que había venido a trabajar a pesar de ser Navidad. Una amalgama de personas, jóvenes y mayores, mujeres y hombres. Personas, personas, eso sobre todo. Ante todo. En cuanto acabó el servicio, lo dejaron todo reluciente. Se felicitaban las fiestas y sonrían y se abrazaban. Hasta que los pasos se perdían subiendo por la escalera.

Arriba, la gente que caminaba por la calle no era consciente del milagro que cada mediodía se producía allí, pensaba el Hermano Julio mientras cerraba las puertas del comedor de San Juan de Dios.

Hasta el día siguiente.

La tierra

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Nos llamaban ilusos…- Las gentes, tan diversas, se movían con alegría en todas direcciones, provocando tal jolgorio, que acallaban el sonido de los latigazos de las olas del mar rompiendo sobre la piedra -.

Cuando aquel loco fracasó en su intento de construir un muro que separase dos países y ofreció regalar sus piedras, parecíamos insensatos por pedirlas. Quién imaginaría que nuestra intención era diseñar un puente que uniese dos continentes. Dos tierras que antes sólo se veían a través de un catalejo de prejuicios, ahora cruzaban sus sonrisas. Al final, a quién pertenece la tierra para negársela a otros.