Año tras año

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Como cada año por esa fecha, el aire se llenaba de un abrumador bullicio.

Era un momento emocionante, el sol salía cubriendo el horizonte de destellos rojizos,

todos despertaban y cantaban la alegría de un nuevo viaje.

Siempre disfrutaba las travesías.

Casi sin querer, con los ojos bien abiertos y un ligero movimiento,

alzaba el vuelo.

 

Abajo quedaban Teresa y Hugo,

sentados en un banco todavía riendo, agotados y muy juntos.

El día les había pillado con la ropa de la fiesta anterior,

ya arrugada y sin que importe mucho,

con suficiente fuerza en la mirada para arrancarse

una sonrisa más, una nueva palabra.

Como si no fuesen suficientes las casuales caricias,

como si no importase que dejase al descubierto toda su intimidad la luz del día,

y ya no cupiese oscuridad a la que aferrarse para buscarse en un beso.

 

A una distancia de apenas unos metros,

desde los ventanales de una de las casa adosadas,

se veía levantarse a Sara.

Llevaba a cabo un minucioso escrutinio de sí misma ante el espejo,

con la mirada semi-perdida,

deteniéndose ante cualquier centímetro ligeramente menos terso.

Todos los años la veía seguir esa misma rutina, cada vez más ausente.

Ella, que medía el mundo en travesías,

sin duda no podía entender cómo

las arrugas de vivencias podían no traer alegría.

 

Pero el mundo, claro, era mundo sin más,

¡ni que estuviese hecho para ser entendido!

Sin ir más lejos como Tomás,

que siempre contestaba a su canto con un gracioso silbido.

¡Oh, verlo bailar con su escoba de calle en calle

le resultaba tan divertido!

 

Sin embargo, la señora Doña Marta

en cuanto lo escuchaba, llamaba a su marido,

¡pobre alcalde obligado a escuchar sus quejas aún medio dormido!

Qué le molestaría a ella que el basurero fuese dicharachero,

pensaba él resignado, si a mí me da igual,

yo lo único que quiero es un momento de intimidad con nuestro jardinero.

 

La gente pensaba que cada día era un reto incesante,

pero yo los veo año tras año igual, y eso que sólo los veo desde el aire.

Entendedme, quizá, con la brisa fresca en la cara,

sea más sencillo ver la solución a todos esos problemas clara.

 

Quizá me pasa, lo que le ocurre a Ana,

la del ático de la calle principal,

que siempre anda descalza por la terraza y sólo escucha rap social.

Grita con rabia toda clase de soluciones para el mundo con forma de rima,

pero llegado el final del día, ni un mísero vidrio o plástico recicla.

Y es que al final, puede que todos seamos un poco igual,

únicos en nuestras contradicciones,

¿quién puede afirmar que no aleteó contra el viento, sólo por probar,

o tuvo miedo de ser uno mismo sin entender ni sus propias razones?

 

Ahí va Antón a abrir, siempre a las 7 en punto, su cafetería.

Está pintada de amarillo con sofás que sufren una chillona tapicería

y decorada con posters repletos de positivos mensajes,

a sólo unos metros del teatro principal

allí acuden los actores a sacudirse los personajes.

Hablan, ríen y mirando a la pared comentan,

¿quién escribirá esas ridículas frases?

Antón, cada noche, vacía solo una botella, con las luces apagadas

duerme sus angustias y sinsentidos ante esas vacías butacas.

 

Pero no penséis que esta ciudad es triste o fría,

¡al contrario! Sólo hay que sobrevolar

las viviendas cercanas al parque lleno de ardillas.

Siempre se escucha el lloro de un bebé, como una melodía,

y padres ojerosos intentando distraerlo con cualquier tontería,

¡qué puede hacer más grande a un ser humano que hacer pedorretas

o cantar los cinco lobitos moviendo lentamente sus manos!

 

Eso es lo que me hace mirarlos siempre obnubilada,

quién encontraría sinigual travesía

siempre distinta y siempre programada.

Los meses, la vida, van pasando sin descanso,

estamos casi en septiembre,

comienza nuestro viaje y acaba el verano.

 

Este mundo tampoco deja de rotar para nosotras,

Teresa y Hugo abandonarán ese banco,

a Sara el espejo siempre le devolverá su mirada

y se fingirán sin remedio el alcalde y Marta.

Seguiremos volando las alondras,

mientras Tomás menea su escoba.

Y quizá un día Antón conozca a Ana,

y juntos canten rap a las butacas.

Y seguiré yo surcando el cielo año tras año

volando mil vidas, como ave de paso.

 

Ella

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Ella nunca nos hablaba de aquella otra época, pero era irremediable notar el brillo en sus ojos al ver las tórtolas volar. Sentía debilidad por ellas. Yo siempre pensé que le hacían recordar su infancia de duro trabajo en el campo, en un pequeño pueblo de interior. Me gustaba imaginarla levantando los ojos al cielo y soñando con la libertad que aquellos animales que la sobrevolaban parecían disfrutar.

Creo que igual le pasó con el mar. No lo conoció hasta casi los veinte, cuando abandonó el pueblo con poco más que sus alas en la mochila y llegó a la ciudad. A los jóvenes nos resulta casi imposible hacernos cargo de la historia de cada arruga, de cada cana. Es tanto lo vivido que nos limitamos a mirar con ternura y cara de tontos cuando nos cuentan relatos acerca de la primera impresión, ya madura pero aún ingenua, ante la inmensidad del océano. Y volvía entonces ese brillo a sus ojos, el de sentirse libre.

Ella nunca nos hablaba de aquella otra época, la de los tiempos duros que la habían hecho sentir enjaulada. ¿Para qué? Si ya había logrado reconciliarse con la tierra, cambiando la de la época de trabajo incansable por la de su precioso jardín lleno de flores.

Y es que ella siempre se quedaba con lo bueno. Hacía cosquillas a los niños y sólo contaba las anécdotas divertidas y algo escatológicas del pueblo. Quizá por eso, en nuestra familia, siempre vivimos con mucho optimismo y tintes de teatralidad incluso los momentos más difíciles.

Supongo que ese es el motivo por el que, cuando le diagnosticaron alzhéimer y su vida empezó a cambiar, rápidamente y sin titubeos todos cambiamos con ella. Ninguno nos extrañamos cuando empezaron los diálogos con las distintas aves que se posaban en los maceteros de la ventana, sino todo lo contrario: dejábamos migas de pan para propiciar los encuentros. Y, por supuesto, el regocijo era mayor si resultaba ser una de las, ya adoradas por toda la familia, tórtolas.

De igual forma, parecía lógico para todos, una vez ya se encontraba postrada en una cama de hospital, juntarnos mucho y afinar el oído. Siempre conseguíamos escuchar el sonido de las olas a lo lejos, a pesar de los varios kilómetros que nos separaban de la playa. Resultaba tan nítido como nos hablaban los pajarillos.

Esas cosas siempre la hacían sonreír. Quizá porque compartir una historia, un imaginario que sólo podíamos entender nosotros, resulta mucho más íntimo que cualquier cosa que pudiésemos decir. Y es que, en el fondo, es así. Ahora nosotros sonreímos a las aves y escuchamos el mar en cualquier parte. Seguro que como tú, rodeada de tus flores en el jardín.

La fábrica

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Los fabricaban en cadena. Primero la carcasa, luego instalaban el software adecuado. Todo perfectamente definido para que no sobrase ni faltase nada, para que toda la producción resultase perfectamente idéntica. Hasta los detalles más pequeños y que podían parecer casuales estaban totalmente definidos para que nada se escapase de control. Era un trabajo impecable.

Finalmente,  les daban un café y los mandaban a trabajar un tercio de la jornada, otro lo dedicaban a una serie de contenido diseñado específicamente​ para hibernar el equipo de todo tipo de idea que pudiese salirse del patrón y, el último, a reiniciarse para otra nueva jornada.

Además, de momento, la actualización de sensación de libertad estaba dando muy buenos resultados. Era el detalle perfecto y tan sólo consistía en dejarles elegir el café por las mañanas, cada cual uno distinto, con algún detalle diferente. Era fascinante lo fáciles que eran de engañar.

El magnolio

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Es fantástico. A ella, le encantaría.

Ya empiezan a brotar las flores y la brisa trae su olor revolviendo mi pelo. Nunca las hubiera imaginado así, pienso sonriendo. Las flores de un magnolio nunca fueron rojas.

El secreto, está en su riego. Hay que regarlas con felicidad, como hago yo.

Al principio, no sabía cómo hacerlo. Cómo darles a las que eran sus flores favoritas, blancas, su color preferido, el rojo. Es lo único que me consuela desde que la perdí: haberle creado las magnolias perfectas. Es por eso que este sitio me llena de tranquilidad. Esa tranquilidad que se fue con ella. Es el único lugar que consigo soportar en esta casa tan grande, a pesar de que al principio, me repugnaba. Me resultaba imposible sentarme en la silla donde ella, tantas veces, se había sentado a contemplar su árbol.

No ha sido fácil conseguir este tono rojo, no bastaba con regarlo con pintura ni con extracto de tomate, había que hacerlo con el pigmento por excelencia, la sangre.

La primera vez, creí que el árbol se entristecía y, aunque me costó, acabé comprendiendo que, el problema, había sido la cara de terror del joven cuando hundí en su pecho el cuchillo. Por eso, a la siguiente, decidí contarle un cuento de despedida. Era un cuento sencillo, de un príncipe que encontraba a su princesa. Las flores comenzaron a sonreír a partir de entonces.

En el siguiente cuento, decidí esforzarme más. El joven parecía atormentado, caminaba con prisa por el callejón donde yo selecciono la proteína pigmentaria de mi magnolio, como si nunca fuese a conseguir llegar a ningún sitio. Por eso, el cuento hablaba de un chico que se subía a un autobús mágico y que, a pesar de la multitud de gente que había en él, éste los dejaba justo en el lugar donde debían estar que, en ocasiones, era distinto del lugar al que pedían ir. El cuento era realmente bueno, de hecho, creo que incluso a mí me hizo sentir algo de felicidad. Igual resulta ser verdad lo que ella siempre decía de mí, que soy sólo un viejo sentimental con espíritu de literato. En cualquier caso, estoy seguro que debió ser por eso, por lo que mi navaja consiguió, con más facilidad, desgarrar al joven para obtener su sangre.

Ahora, sólo queda comprobar si el cuento ha sido efectivo.

Mateo se levantó de la mecedora. El día estaba nublado pero, de vez en cuando, se dejaba entrever el sol. El viento, mientras tanto, revoloteaba juguetón por los jardines de la lujosa urbanización transportando los aromas de las flores, incluidas las magnolias. En apenas dos pasos, alcanzó la vieja regadera de metal que ya utilizaba su mujer. Al asirla, vio sus ojos reflejados en la sangre, que aparentaban la misma tranquilidad de cualquier ancianito de ojos claros.

Unos segundos después, estaba regando abundantemente el magnolio.